Por Adrián Freijo –
Los discursos en el Concejo y el análisis apresurado y/o interesado de sectores de la prensa dibujaron una realidad que no fue tal. Cuidado con caer en la trampa.
«Ha llegado el sentido común a la política local», «la madurez vino para quedarse», «¿qué dicen ahora los que presagiaban obstruccionismo?», estas y otras frases por el estilo se escucharon en el análisis de las últimas horas tras la aprobación del Presupuesto 2020 en el Concejo Deliberante local.
Y no fueron otra cosa que la continuidad de los discursos escuchados en las bancas, una vez que el conteo de los votos confirmó que el triunfo del oficialismo era irreversible, en una extraña maratón de parabienes, agradecimientos y alusiones a la madurez de un diálogo entre bancadas que permitió -con la abstención de Todos y su apéndice el Frente Renovador- un título que mucho dista de representar la realidad: la norma fue aprobada por unanimidad.
Para el lector no habituado a las verdades propias de la política es bueno aclarar que la abstención en una votación legislativa equivale a un voto no emitido o a la ausencia del legislador que así obra. Y es por eso que se considera unánime un resultado que en realidad no fue acompañado por casi la mitad de los ediles presentes.
Para la lógica simple del hombre de la calle, quien no acompaña no está de acuerdo y eso equivale a anular, en su concepción filosófica, el concepto de unanimidad.
Rescatando eentonces un nivel de diálogo sin agresiones ni gritos destemplados, no es cierto que el presupuesto haya sido aprobado por unanimidad ni que los bloques opositores que optaron por la abstención lo hayan hecho para permitir que saliera en esas condiciones. Simplemente, y a último momento, comprendieron que perder la votación representaba una derrota política fuerte y optaron por correrse elegantemente de ese escenario.
Algo que por lo demás es casi un ABC de las técnicas parlamentarias desde que la democracia reina sobre este mundo…
Y así pudo verse a lo largo de cada ornada de presentación que los funcionarios del Ejecutivo tuvieron ante la Comisión de Hacienda, en las que la sólida preparación y argumentos de su titular Virginia Sívori no logró evitar que en las exposiciones de sus aliados quedase en evidencia que la intención era lograr el rechazo en el recinto. Todo fue crítica y todo fue señalar supuestas carencias y continuidad de las políticas de la administración anterior.
Durante los días anteriores el kirchnerismo empleó todas sus armas en conseguir los votos necesarios para privar a Guillermo Montenegro de un instrumento fundamental para encarar su plan de gobierno. Y no lo logró.
Hasta las horas previas al inicio de la sesión se continuó buscando el objetivo de rechazar el presupuesto y las duras declaraciones de algunos concejales opositores no dejan margen para la duda. Cuando se tuvo conciencia de la inevitable derrota se la maquilló de abstención y se evitó poner en evidencia una negativa que podía ser vista como obstruccionista.
Lo demás corre por cuenta de quienes prefieren el corto camino de acompañar «el diario del lunes» en vez de posar sobre los hechos una mirada más profunda y permanente. Esa que dice que Mar del Plata, La Plata y Bahía Blanca son los objetivos políticos del peronismo para consolidar en la provincia un poder que, aún después del amplio triunfo electoral, le sigue siendo esquivo y lo obliga a confrontar de palabra y acordar de hecho.
Y para lograrlo necesita que los intendentes opositores que gobiernan esos distritos fracasen en la gestión y empujen al esquivo electorado a abandonarlos.
Por ahora la realidad de las manos levantadas aconsejaron no avanzar en el enfrentamiento. Pero solo por ahora…
Sería bueno que nadie se llame a engaño.