por Valentín Belza.
(periodista, Secretario de Prensa – Sindicato de Prensa de Mar del Plata).
Aunque el concepto «Fake News» es de uso reciente, se trata de un nombre nuevo para un viejo problema: la rigurosidad de la información que se publica o emite, y cómo afecta al Derecho a la Información de la sociedad.
Sin embargo, la teoría de la comunicación explica que no es lo mismo hablar de «Fake News» que de «False News», a pesar de traducirse ambas como «Noticias Falsas», y lo que distingue a esos conceptos es la intencionalidad detrás del dato incorrecto o impreciso.
Natalia Aruguete, Doctora en Ciencias Sociales, explica que «las false no necesariamente tienen un objetivo o son fruto de la intencionalidad, puede ser un error involuntario o falta de verificación», en cambio «a las fake news se las identifica a partir de la intencionalidad que un actor puede tener con la propagación de ese mensaje, que tiene como propósito ser capitalizadas política o económicamente».
Se confirma así que la pelea por garantizar el acceso a información veraz, exacta, completa y objetiva no puede tener como máximo enemigo a las Fake o False News, por ser estas apenas una herramienta. El problema real está en quienes las producen y reproducen con una evidente intencionalidad (y un rotundo éxito).
Un informe del Pew Research Center (publicado en febrero 2024) en Estados Unidos indica que «el 40% de las personas que se informan a través de redes sociales aseguran que la inexactitud de la información es lo que más les disgusta».
Asimismo, un trabajo de la consultora Voices (realizado en 2022) reveló que «la desinformación es considerada un problema importante por el 73% de latinoamericanos» y «una amenaza para la democracia por el 80%». En tanto que «el 51% de los argentinos declara encontrarse con noticias/información falsa casi todos los días».
Es imprescindible, entonces, analizar todos los aspectos problemáticos alrededor de la comunicación pero, especialmente, entender la planificación y estrategia que existe detrás, que podemos denominar como Fracking Informativo.
«Me asusta pensar el mundo en que estoy, / que los noticieros sean de convoy» (Rubén Juárez – Cuestión de ganas).
El fracking (o hidrofracturación) es una técnica que facilita la extracción de gas o petróleo del subsuelo mediante presión hidráulica. Fue impulsada para su uso comercial por el empresario estadounidense George P. Mitchell en los ‘80, y criticada por utilizar sustancias químicas en el agua, generando fuga de gases de efecto invernadero y una mayor actividad sísmica en las zonas de extracción.
A fines de la primera década de los ‘2000, con la explosión de nuevas tecnologías y el emergente de las redes sociales como fuente masiva de información, los conglomerados del poder político y económico internacional delinearon una estrategia: utilizar todas las herramientas comunicacionales posibles para disputar el sentido común.
Fue a través del Fracking informativo que se dedicaron a extraer y explotar ciertos comportamientos sociales: individualismo, consumo desmedido, desprecio por la política, rechazo a sindicatos y ámbitos de organización colectiva, discriminación, entre otras.
Para lograr esa extracción, «inyectan» noticias falsas (fake y false), sobrecarga informativa, reiteración de informes que sostengan estereotipos, e instalación de temas irrelevantes en la agenda masiva que fueran tan polémicos para operar como distracción.
Así como en la hidrofracturación se estudia el suelo donde se realiza el procedimiento, el Fracking Informativo necesita garantizar las condiciones sociales para que esa inyección logre resultados, y el público ideal no solo es aquel que está mal informado, sino el que está sobre-informado, bajo un bombardeo constante de noticias.
Para fines de la segunda década del siglo XXI, cuando la mayoría de los medios dejaron de ser fuentes de información y se convirtieron en productos de consumo masivo, se suspendieron prácticas periodísticas fundamentales como la valorización de la fuente o la revisión de veracidad de datos. En cambio, surgió el afán por la viralización y el tristemente célebre «clickbait» (carnada de click), con títulos sensacionalistas para notas vacías a las que distinguirán con el tramposo lema de «las más leídas».
Así las cosas, el Fracking Informativo consigue el terreno ideal para pulverizar el Derecho a informar y ser informado, aprovechando una población con un grave déficit de atención, además del desinterés por contenido no-ocioso y de una constante insatisfacción crónica (producto del triunfo de un modelo de consumo frenético).
«Noticias de ayer, Extra! Extra!» (Solari / Beillinson – 1988).
En junio de 1980 en Atenas, Grecia, se celebró el 15º Congreso de la Federación Internacional de Periodistas, organización fundada en París en 1926 que nuclea Sindicatos de Prensa. Aquel encuentro tuvo enorme relevancia por haber sido contemporáneo con la publicación del Informe MacBride, elaborado por la UNESCO para discutir el Nuevo Orden Mundial de la Información y Comunicación.
Uno de los participantes de esa cita fue el periodista Amílcar González, exiliado de una Argentina que aún estaba en manos de la dictadura cívico-militar que lo había secuestrado y torturado cuatro años antes en la ciudad de Mar del Plata, en funciones como Secretario General del Sindicato de Prensa.
Ante sus colegas de todo el mundo, González habló sobre «los obstáculos económicos, sociales y políticos en el horizonte de la comunicación social», entre los que destacaba «la creciente represión a periodistas, el escaso espacio para la libertad de información y el poder casi omnipotente de las transnacionales de la comunicación». Además, González remarcó: «Han recrudecido los intentos de mediatizar la libertad de expresión y el desempeño profesional».
El asedio constante y creciente que, 44 años después, sufre nuestra sociedad en materia de información le da una abrumadora vigencia a las palabras de Amílcar González, y nos obliga a insistir sobre la idea de pensar la Comunicación como un Derecho Humano ya que, según su definición: «El derecho humano a la comunicación (…) abarca el ejercicio de varias libertades esenciales, ya consagradas por la legislación y los acuerdos internacionales: Libertad de opinión, Libertad de expresión y Libertad de información».
«Tener en fin el receptor atento» (Jorge Drexler – Bendito desconcierto).
El cambio en las modalidades de acceso a la información han permitido que se pierda control sobre la veracidad del contenido que recibe el público, al mismo tiempo que parece no ser un problema para quienes consumen medios de comunicación.
Pensar la Comunicación como un Derecho Humano permite enfocarnos en elaborar estrategias públicas para protegerla del terrible daño que el Fracking Informativo le sigue haciendo a diario.
Uno de los puntos del famoso Informe MacBride, que llevaba el título de «Voces múltiples, un solo mundo», bregaba por el «derecho de los ciudadanos de acceder a las fuentes de información y de participar activamente en el proceso de comunicación».
Ese proceso del que hablaba el irlandés Sean MacBride (ganador del Nobel de la Paz en 1974 y de su equivalente soviético, el Premio Lenin, en 1977), necesita de un público activo y entrenado en el ejercicio de discernir verdades y mentiras, algo que parece imposible con el nivel de Sobrecarga Informativa al que somos sometidos.
En 2004 la Universidad de Lugano (Suiza) publicó un trabajo al respecto, elaborado por Martin Eppler y Jeanne Mengis, donde explica que uno de los síntomas de la Sobrecarga Informativa es el de «la falta de evaluación crítica (volverse demasiado crédulo) y el análisis superficial».
En ese terreno, es bueno leer a uno de los pioneros en el concepto de Economía de la Atención, el estadounidense Herbert Simon (ganador en 1978 del Nobel de Economía). En 1969, Simon escribió: «En un mundo rico en información, la riqueza de información significa la carencia de otra cosa: la escasez de aquello que la información consume. La información consume la atención de sus destinatarios, por lo tanto, la abundancia de información crea pobreza de atención».
A veces las soluciones simples son las más útiles, y en un mundo comunicacionalmente en crisis tal vez una respuesta provenga de la vieja consigna de «Prestar atención», para evitar que nos sigan pasando elefantes por detrás.
¿Quién gana con un público/población sumido en la extrema pobreza de atención?